The Cramps o cómo abolir el tiempo

Simon Reynolds, virtuoso crítico musical y, en definitiva, de la cultura, nos plantea un acertado concepto, o patrón cultural al que llama “el salto en el tiempo”. El “salto en el tiempo” a diferencia del revival, no intenta crear un facsímil del pasado (muchas veces falso y basado en interpretaciones anacrónicas), sino que, mediante una aguda selección de elementos frecuentemente pasados por alto por el discurso comercial, intenta resucitar una sensibilidad específica y, sobre todo, genuina, real. Es evidente que la era inmaculada de los años 50 ha producido innumerables revivals nada más terminar, ese mundo pop prístino y fundacional ha sido lugar común incansable en la música y la cultura hasta hoy (con sus picos y valles) pero si hubo un grupo que logró imponerse a la dictadura de la temporalidad fue The Cramps. El grupo de Sacramento, formado por Poison Ivy y Lux Interior en 1976 casi no necesita un análisis contextual, es de ese tipo de artistas que parecen eternos, que, desanclados de la linea temporal vuelven a la emoción del origen, que gracias a la configuración de un “salto en el tiempo” pueden quedar suspendidos en la atemporalidad.

Visto de otro modo, esta necesidad de rebeldía relacionada con el tiempo se asemeja un poco al complejo de Peter Pan, vivir en un momento específico de la historia presentado en bucle casi fetichista. Pero también es una estética, una manera de estar en el mundo, en pocas palabras, la propuesta eterna del rock and roll. En el caso de The Cramps, Reynolds afirma que la pureza venía de “la sexualidad febril del rockabilly y el frenesí por lo que se había ido”. Esta selección meticulosa de ciertos aspectos es tan interesante que pronto se convierte en un discurso independiente. The Cramps logra abrir un hueco en el tiempo y, a pesar de haberse inspirado en el momento en que el sexo y el vudú podían ser igual de amenazantes, la estética surgida de esta combinación junto al cine de terror clase B y el adolescente como alborotador genera un nuevo estilo, el denominado Psycobilly. Su tipo de sonido evitaba cualquier floritura y avance hiper explotado de la época y buscaba la emoción directa del rock ‘n roll, en este caso rockabilly, originario.

En cuanto a estilo consiguieron la originalidad, no era un mero revival, la intensidad cada vez más descarada de sus letras, la reverberación que caracterizó algunos temas Sun Records fue manipulada para crear un “eco estilo cripta, con trémolos surf obnubilantes, y fuerza más cercana al punk que a una propuesta literal del pasado. The Cramps fue un evento único, como suele pasar en la producción industrializada, surgió la fotocopia que desvirtuó una posible continuidad de la afirmación vital que habían establecido. Así como los discos oscuros, 7 pulgadas imposibles de encontrar perdidos en los rincones de California, que habían sido el caldo de cultivo de la banda, según Reynolds ellos mismos acabarían aceptando la futilidad de su añoranza representada por el salto en el tiempo. Este “burlesque zombi de un show de los Cramps”, sin embargo, por un momento, deslastró a sus oyentes de las propuestas generalistas y masificantes de seguir a pie juntillas la metáfora del gusto que manda la industria del rock y el pop, la crítica musical y cualquier otro intento de manipulación de turno.

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